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El olvidado Estado ucraniano de Hitler duró solo tres días

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Cómo una pequeña dictadura nacionalista puso sus esperanzas en la Alemania nazi y acabó siende sacrificada casi de la noche a la mañana.
El olvidado Estado ucraniano de Hitler duró solo tres días

El período entre las dos guerras mundiales fue una época turbulenta. Países enteros surgían y a veces desaparecían en cuestión de días.

Algunos de estos Estados efímeros resultan hoy cómicos en retrospectiva, como la República de Fiume, fundada por el poeta y soldado Gabriele D'Annunzio, donde la belleza fue declarada la idea nacional, el pan se suministraba de forma intermitente, y las flores y la cocaína eran gratis. Otros ejemplos de estos Estados fueron mucho más sombríos.

Una de estas dictaduras efímeras fue la Rutenia Carpática, un cuasi-Estado ucraniano dentro de Checoslovaquia. Esta minidictadura ubicada en uno de los rincones más remotos de Europa fue desmantelada casi tan rápidamente como fue creada.

La frontera olvidada de Europa

Tras la Primera Guerra Mundial y el subsiguiente colapso de varios imperios, una pequeña región llamada Rutenia Subcarpática pasó a formar parte de Checoslovaquia. A grandes rasgos, estaba ubicada en lo que hoy es la región de Transcarpacia de Ucrania.

La población de esta tierra era diversa e incluía rutenos (un pueblo eslavo estrechamente relacionado con los ucranianos), húngaros, judíos, checos, eslovacos y rumanos. En las ciudades, los judíos eran la principal minoría nacional, mientras que en las aldeas predominaban los rutenos. Su autoidentificación era bastante compleja: algunos basculaban hacia Rusia o Hungría, otros tenían esperanzas en una Ucrania independiente; en las ciudades, debido a la numerosa población judía, los movimientos políticos más populares eran los de los sionistas y los judíos ortodoxos.

Esta región fue anexada a Checoslovaquia tras breves disturbios revolucionarios y maniobras políticas. Los vencedores de la Primera Guerra Mundial dividieron Europa y a nadie parecía importarle particularmente el destino de esta pequeña región, por lo que, simplemente, fue anexada al nuevo Estado. Sin embargo, esta decisión no agradó a todos, como fue el caso de Hungría, que ansiaba incorporar la región.

La situación económica era terrible y, tras la crisis mundial de la década de 1920, la pobreza se volvió extrema. Las convulsiones políticas arrasaban Checoslovaquia y surgieron varios movimientos importantes en Transcarpacia, incluidos movimientos rusófilos, proucranianos y proindependencia.

Todos querían un pedazo

A finales de la década de 1930, Transcarpacia era una pequeña bomba: los autonomistas estaban activos dentro de la región, los húngaros maquinaban activamente desde fuera y Checoslovaquia intentaba mantener el control sobre ella.

Finalmente, en 1938, los nazis comenzaron a desmantelar Checoslovaquia y los acontecimientos empezaron a desarrollarse mucho más rápidamente. Los húngaros encontraron un 'cabildero' dentro del Reich en la persona de Hermann Goering, uno de los aliados más cercanos de Hitler. Los húngaros formaron unidades irregulares en Transcarpacia, resultando ser una mezcla entre bandidos y grupos partisanos. El regente húngaro Miklós Horthy planeó que estos grupos se apoderaran de Transcarpacia en el otoño de 1938 con la modesta asistencia del Éjército húngaro.

Polonia también tenía sus propios planes de intervención. Checoslovaquia se dirigía al abismo y todos estaban ansiosos por obtener un pedazo del Estado que se desmoronaba. Los funcionarios en Praga estaban nerviosos; la Rutenia Carpática obtuvo la autonomía, pero el primer ministro de Transcarpacia fue arrestado. Avgustin Voloshin fue nombrado nuevo primer ministro local. Este sacerdote, que era respetado en la región, pertenecía a la Iglesia uniata, una congregación híbrida ortodoxo-católica popular en la región que observaba ritos ortodoxos pero reconocía la autoridad del papa.

Voloshin se encontró en una posición difícil. El destino de Transcarpacia fue decidido por el Arbitraje de Viena, que otorgó una parte significativa de ella a Hungría, incluidas las ciudades de Úzhgorod y Mukachevo. El Gobierno se trasladó a Khust y Voloshin comenzó purgando la región de opositores políticos, en particular rusófilos. Para ello, los nacionalistas construyeron rápidamente un campo de concentración cerca de Rakhov (ahora una ciudad en Transcarpacia). Voloshin disolvió rápidamente todos los partidos excepto la Unión Nacional Ucraniana, que él dirigía. Debido a la ausencia de rivales, su partido acabó ganando las elecciones parlamentarias por abrumadora mayoría.

El aliado ucraniano autoproclamado de Hitler

En ese momento, Voloshin encontró un aliado extraño: decidió usar a Adolf Hitler como escudo contra las ambiciones de Hungría.

En un primer momento, el plan funcionó: Hitler reprendió a los húngaros, que intentaron tomar el control de toda Transcarpacia sin acuerdo previo, y Voloshin ganó algunos meses de tiempo para llevar a cabo sus experimentos sociales. Transcarpacia se convirtió, en cierto sentido, en el aliado autoproclamado de Hitler: necesitaba al Tercer Reich mucho más de lo que el Reich necesitaba a los nacionalistas ucranianos.

La joven dictadura no podía existir sin su propia organización paramilitar, por lo que se formó el Sich Carpático. Esta milicia, sin embargo, estaba mal pertrechada. Uno de sus comandantes fue Román Shujévich, el futuro líder del ala militar de los nacionalistas ucranianos. Todas las unidades sumaban varios miles de combatientes. Todo esto se hizo con la aprobación tácita de los servicios secretos alemanes y del jefe de inteligencia militar, el almirante Canaris. Hitler aún no estaba seguro de lo qué debía hacer con la región. Hungría fue considerada como posible dueña de toda la región de Transcarpacia, pero también había un plan para dividir el territorio entre Alemania y Rumanía, e incluso para conceder la independencia a Ucrania Transcarpática.

Este último proyecto irritó enormemente a Polonia, que había estado luchando contra los separatistas ucranianos en su propio territorio con distinto grado de éxito, cuando, de repente, estos ganaron un punto de apoyo junto a ella. Los nacionalistas ucranianos viajaron a Transcarpacia desde la República Checa y Galitzia, y algunos huyeron de Polonia con documentos falsificados.

De hecho, el número de combatientes extranjeros en el Sich Carpático superó al número de combatientes locales. Para los campesinos cárpatos, la visión de una Ucrania mayor parecía demasiado irreal y poética; ellos estaban preocupados por asuntos locales más prácticos. Pero para los galitzianos en la clandestinidad polaca, Transcarpacia era un sueño hecho realidad.

En el Sejm polaco, los políticos pronunciaban sus habituales discursos apasionados sobre los peligros de Transcarpacia.

Cabe señalar que Transcarpacia, efectivamente, albergaba vagos sueños de una campaña contra Polonia. Los planes de los polacos eran más sencillos: hacer de Transcarpacia su 'huerto' y balneario. De hecho, todas las potencias circundantes tenían grandes planes de colonización para la Rutenia Carpática, sin que a ninguna pareciera importarle la opinión de los residentes de la propia Transcarpacia o del Gobierno checoslovaco, al que la Rutenia Carpática aún pertenecía formalmente.

Voloshin pensaba que el pequeño Estado podría convertirse en un trampolín para la futura expansión alemana hacia el este. Hitler, sin embargo, no estaba seguro de si era esto lo que quería a costa de agriar las relaciones con Hungría. De momento, Budapest se limitó a entrenar saboteadores y a hacer agitación política, sin ocultar sus planes futuros respecto a Transcarpacia.

El país que duró tres días

Las discusiones en Berlín, Budapest, Praga y Varsovia continuaron hasta marzo de 1939. Para entonces, los nazis ya se había convencido de que el nuevo Estado satélite creaba más problemas que beneficios potenciales.

Sin embargo, Hitler no estaba dispuesto a romper completamente los lazos con los nacionalistas, así que ideó un truco astuto: les dijo a los húngaros que retrasaría el reconocimiento del Gobierno de Voloshin por unos días, durante los cuales Hungría podría resolver la "cuestión rutena".

En la noche del 14 de marzo de 1939, los húngaros cruzaron la frontera. Voloshin proclamó la independencia de Ucrania Carpática, pero los primeros enemigos que encontraron los milicianos del Sich fueron las unidades checoslovacas que aún permanecían en Transcarpacia.

Los alemanes observaron tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos y, al cabo de un tiempo, anunciaron que, "desafortunadamente", no podían aceptar a Transcarpacia bajo su protectorado. Los nazis instaron a la región a no ofrecer resistencia ante los húngaros.

Los milicianos no tenían medios para detener a los combatientes húngaros. Se usaron vehículos blindados (los húngaros tenían los suyos propios, mientras que los ucranianos usaban equipo confiscado a los checos) y aviones en el curso de esta 'blitzkrieg'.

La resistencia solo duró unos días. Durante ese tiempo, el Ejército polaco también invadió Transcarpacia. Voloshin escapó a Rumania, mientras que aquellos que se retiraron a Polonia corrieron una suerte mucho peor: los polacos fusilaron a muchos de los que intentaron cruzar la frontera. Los húngaros tampoco se molestaron en observar las convenciones sobre las leyes y costumbres de la guerra y mataron a muchos de los que se rindieron.

La región de los Cárpatos quedó bajo el control del régimen de Horthy. Se cree que alrededor de 430 militantes del Sich Carpático murieron durante esta campaña, mientras que hasta 750 fueron capturados. Por su parte, los húngaros perdieron 76 hombres. Se desconoce el número de personas que fueron ejecutadas. Los húngaros inmediatamente comenzaron a deportar a la población para trabajos forzados. 

Muchos de los veteranos de esta campaña pronto se unieron a nuevas formaciones militares. Aunque Hitler había engañado a sus Estados satélite, muchos demostraron una sorprendente lealtad a los nazis. Los militantes del Sich Carpático lucharon en los batallones ucranianos de la Wehrmacht durante la campaña polaca, mientras que otros sirvieron en unidades como el batallón Nachtigall y la policía auxiliar durante la invasión hitleriana de la URSS.

Algunos de ellos se unieron al Ejército Insurgente Ucraniano (UPA)* y murieron después de la Segunda Guerra Mundial. El secretario de Voloshin, Ivan Rogach, fue engañado por los nazis dos veces y en 1942 fue ejecutado por los alemanes en Babi Yar. Los nazis resultaron ser muy malos patrones.

Muchos de los acontecimientos que vivió Europa en la década de 1930 acabaron siendo una pesadilla sangrienta. En la literatura occidental, existe un lugar abstracto llamado Ruritania, un país europeo ficticio, generalmente pobre y subdesarrollado, pero muy orgulloso. Este estereotipo no apareció de la nada. De hecho, los nazis alemanes y los fascistas italianos demostraron ser los ejemplos más poderosos e influyentes del espíritu oscuro que envenenó gran parte de Europa. Incluso los diminutos Estados autoproclamados lograron establecer dictaduras con campos de concentración. Tal era el espíritu oscuro de la época.

Por Evgueni Norin, periodista e historiador ruso especializado en guerras y conflictos en el antiguo espacio soviético

* Сonsiderados extremistas y prohibidos en Rusia.

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